APRENDIENDO A SOLTAR
Soltar. Una palabra que me ha susurrado al oído desde que, siendo apenas una niña, me "soltaron". Y desde entonces, mi vida ha sido una danza constante con el desapego. Un apego que, a la primera señal de asfixia, ya sea con una persona, una cosa, o incluso una simple idea, se convierte en un adiós, a veces simbólico, pero siempre real.
Nacer en un país como el mío significó
conocer la inestabilidad en cada amanecer. ¿Vivir? Era una lucha diaria donde
la carencia se sentía en el aire, y si te descuidabas, te robaban hasta el
aliento. Había que estar lista para todo, para esa permanente incertidumbre.
Sinceramente, llegué a creerme una experta en
esto de que me soltaran y, a su vez, en soltar. Tan experta que, me di cuenta,
no tenía raíces. ¡Ni una! Viví años con mi existencia empacada en una maleta
grande y un equipaje de mano. No era por gusto, sino por pura practicidad.
¿Para qué aferrarse si todo se quedaba o se perdía entre un viaje y otro? Al
final, hasta sentía un extraño orgullo por el desapego que había cultivado.
Luego, algo cambió. Llegó lo que llaman mi
"despertar espiritual", y sigo explorando sus recovecos cada día. Fue
entonces cuando, curiosamente, descubrí mi apego… ¡al drama! Y con esa
revelación, decidí soltarlo. ¿El resultado? La vida, de repente, se hizo mucho
más liviana.
Pero el viaje no terminó ahí. Me dijeron:
"Tienes que resolver vidas pasadas, desatar nudos generacionales, sanar
las huellas de innumerables razas estelares…" Un largo etcétera de cuentas
pendientes, sin olvidar el propio pasado que ya cargaba. Y un día, agotada de
tanto peso, decidí soltar:
Solté las vidas pasadas, porque comprendí que el Ego no sana el Ego. Es un laberinto sin salida.
Solté las razas estelares, porque entendí que
no eran más que personajes, máscaras en el gran teatro de la existencia.
Todo eso, un día, lo entregué a la Fuente, a
ese origen primario. Y me renové, me sentí bañada por su energía. Porque lo que
verdaderamente cura y nos devuelve la vida es la Presencia, el aquí y el Ahora.
