El Espejo del Caos: ¿Somos víctimas o creadores de la realidad que tememos?



Después de meses de inmersión creativa, enfocada en un proyecto audiovisual que habita en el silencio y cuya luz, contraria a mis previsiones de febrero, deberá aguardar un poco más, he decidido asomarme de nuevo a la superficie de lo cotidiano. Pero lo cotidiano, en este mundo vertiginoso, ha dejado de serlo.

Al salir de mi cueva artística, me encuentro con la fricción inevitable: vivir en un mundo de aparente separación mientras mi brújula interna busca la Unidad. A menudo me sorprendo en un estado de fastidio, observando cómo las noticias y los eventos globales golpean como olas de incomodidad interior. Es el precio de vivir a medio camino: habitando a ratos la paz de la presencia y a ratos el ruido del mundo.

Esta sensación se agudiza en las fechas de fin de año. Confieso que las vivo a menudo como una puesta en escena artificial; mi alma resuena más con lo inesperado que con lo forzado por el calendario. Si celebro tradiciones, lo hago para no convertirme en esa nota discordante que desafía la inercia familiar, pero si hablo desde mi sentir más honesto, preferiría la calma de un día cualquiera al movimiento obligatorio de estas fiestas.

En medio de este reajuste, tuve una reunión con un buen amigo inmerso en círculos de espiritualidad. Sus palabras cayeron como plomo: 'Todo se va a poner peor', me dijo. 'Mucha gente va a partir, y quien no tenga coherencia vivirá tiempos muy difíciles'. Lo impactante no fue solo su comentario, sino reconocer que esta frase se repite como un mantra en innumerables grupos espirituales. Parece que el juego humano se complica por diseño, como si lo vivido hasta ahora fuera solo el prólogo de una etapa más oscura.

Respiré profundo para volver a mi centro, pero la realidad exterior parecía empeñada en confirmar sus vaticinios. El 3 de enero, las noticias anunciaban la entrada de Estados Unidos en Venezuela para 'recomponer el orden'. Pensaba entonces: ¿Hasta qué punto las instituciones internacionales son ya irrelevantes? Vemos países entrando unilateralmente en otros para imponer criterios de grupos de poder aislados, sin consenso global. Antes fue Rusia con Ucrania; ahora, este nuevo movimiento en el tablero. Ante este panorama de inestabilidad crónica, es natural sentir frustración. El bombardeo de vaticinios y eventos hostiles es incesante.

Ante todo, este 'tinglado', surgen preguntas que considero vitales. Algunos me tildan de ser demasiado mental por cuestionarlo todo, pero he aprendido que el sistema de creencias es, a menudo, una forma sofisticada de apego. Mientras menos creencias defiendo, más libertad experimento. Una creencia no experimentada es un dogma; y el apego a ese dogma es la semilla del fanatismo. Por eso intento tomar la información con neutralidad, observándola antes de que se calcifique en mi mente.

 Regresando a la profecía de mi amigo y los eventos geopolíticos, comencé a atar cabos desde una perspectiva diferente:

  •        Cuando repetimos incansablemente que 'algo terrible va a pasar', ¿no estaremos programando la conciencia humana para que suceda? ¿Estamos usando nuestra mente creadora para aumentar la dificultad del juego? 
  •       Al conectarnos a la red de conciencia colectiva, ¿actuamos como repetidores de señales de miedo, descargando y materializando esos eventos?
  •     ¿Hasta qué punto somos conscientes de que somos cocreadores del desastre al darle nuestra atención y energía?
  •    ¿Soy acaso yo misma, a otro nivel, quien filtra esta información al sistema, utilizando la dualidad y el conflicto como herramientas de presión para despertar?

Si miramos con detenimiento, descubrimos la trampa final: aunque creamos estar despiertos, seguimos polarizados. Creer que 'el sistema' es algo externo que me oprime, o que hay 'malos' poniendo el juego difícil, sigue siendo separación.

Si hablamos de verdadera Unidad, no existe un 'juego' separado de 'nosotros'. No hay un 'tú' y un 'yo'. Nadie castiga, nadie premia. Eres tú mismo —soy yo misma— experimentándose en distintos niveles.

He llegado a la conclusión inevitable: Soy el sistema y soy quien está atrapado en él. Soy la mente que juzga y la conciencia que observa. Soy el invasor y soy el invadido. Porque esa polaridad que tanto rechazo es, paradójicamente, el mecanismo que la Vida está utilizando para arrinconarme, para que deje de mirar fuera y, finalmente, me rinda a la Unidad viviendo en Presencia.