El Instante de Darse Cuenta: Un Retorno a lo que Siempre Somos

 


 

A veces miro hacia atrás, a esos días de silencio profundo en los retiros espirituales a los que he asistido, como "Viviendo como Buda" o aquellas tardes intentando descifrar el vacío en el "Sutra del Corazón". Me doy cuenta de que, en el fondo, no buscaba convertirme en alguien especial. En aquel momento, mi búsqueda era quizá más desesperada: buscaba dejar de ser quien creía que era, porque pensaba —estaba convencida— de que algo no estaba bien dentro de mí. Creía que el silencio me daría las piezas para arreglar un motor que, según mi juicio, estaba roto.

Te escribo desde la persona que siempre ha estado en el camino espiritual, incluso cuando creía que estaba apartada de mi Ser y viviendo plenamente desde el raciocinio y la lógica. Ahora entiendo que el autoengaño siempre ha estado allí, agazapado en la sombra de mis buenas intenciones. Se manifestaba en esa manía de buscar siempre en el futuro, controlando ciertas acciones y comportamientos con la esperanza de obtener un objetivo espiritual, una meta de paz que siempre parecía estar a unos pasos de distancia.

La Trampa del Tiempo y el Silencio del Ser

Caer en la trampa del tiempo es un proceso sutil. El autoengaño consistía en creer que mi Esencia Divina tenía que "encontrarla", un tesoro escondido al final de un mapa de esfuerzos. Pero la realidad es mucho más simple y, a la vez, más incomprensible para la mente: siempre he sido Una con mi Ser. Incluso en esos días grises donde sentía que el Ego controlaba mi vida y dictaba mis miedos, me di cuenta de que mi Ser seguía operando allí. Estaba presente de tantas maneras incomprensibles para este Ego, que siempre ha pretendido gestionar y controlar un proceso que, por naturaleza, le es ajeno.

Es liberador comprender que, incluso habitando el Ego y creyendo que lo controlábamos todo, era el Ser quien realmente "Es" en cada acto y en cada circunstancia. El Ser no se ausenta cuando nos equivocamos; está presente incluso en esos aspectos que consideramos buenos o malos de acuerdo con el juicio de esta sociedad humana. El juicio es una capa externa, pero la esencia permanece inmutable debajo de todas nuestras etiquetas.

Darse Cuenta: El Salto sin Procedimiento

Solemos creer que el cambio es un proceso penoso y largo porque no aceptamos lo que Somos, y entonces esperamos que la transformación venga de fuera. Pero la verdad es que el cambio real ocurre en un Instante: es, simplemente, Darse Cuenta. En ese momento sagrado no hay procedimientos, no hay cronogramas, no hay nada que gestionar. Solo el Ser te hace despertar cuando tiene que hacerlo, y no hay una explicación lógica para ese suceso. Es un instante maravilloso y desconcertante; puede llegarte después de un evento duro que te rompe los esquemas, puede surgir tras una meditación profunda o, sencillamente, mientras duermes, cuando el control de la mente finalmente cede.

Después de experimentar, buscar e indagar tanto por mi cuenta —pasando por retiros, libros y maestros—, uno llega a encontrarse con que todo comienza por la aceptación, la observación y la plena experimentación de lo que sucede, sin juicios. Todo esto nace de vivir desde la Conciencia del Amor. Qué simple, qué hermoso y, sin embargo, cuánto nos hemos complicado buscando métodos complejos cuando la respuesta no es un procedimiento en sí mismo; simplemente llegas a la conclusión que tienes que llegar cuando es el momento adecuado.

La Unidad Innegable: Cuerpo, Energía y Esencia

En mi camino personal, comprendí que debía ser más compasiva conmigo misma. Ese "Yo misma" no es solo una idea abstracta; incluye mi Ser, pero también incluye este cuerpo que me ha sido prestado para vivir esta experiencia física, y esta misma capacidad de reflexión que ahora me permite hablarte. Para llegar a amarme y entender que debía abrazar cada parte de mí, primero tuve que pasar por el desierto de juzgarme, criticarme y exigirme con una dureza implacable. Nunca estaba conforme; me comparaba con ideales inalcanzables y quería cambiar aquello que era, precisamente, mi esencia más pura.

Pero un día, el velo cayó y me di cuenta de que no hay partes en mí: soy un todo. No hay un cuerpo separado de la mente, ni un Ser separado de mi cuerpo. Todo es uno solo. Aunque mi cuerpo físico no sea eterno, mi Ser sí lo es; y el cuerpo, aunque parezca desaparecer al final del viaje, en realidad se funde y se recicla. Es una energía que siempre es la misma. Incluso aquellas sombras que yo no quería ver y que rechazaba con fuerza eran yo misma; el Ser jamás se separó de ellas.

Este cuerpo nos conecta con la vida a través de los sentidos, y no hablo solo de los cinco sentidos básicos, porque esta experiencia no es solo física, es mucho más profunda. Observar realmente cada detalle —escuchar y estar presente cuando se escucha sin juzgar, sentir la presión de la ropa, el frío, el calor, degustar lentamente, oler— es un acto de devoción. Respirar y cuidar este cuerpo es, en sí mismo, un acto profundamente espiritual. Antes de la materia está la energía, y aprender a cuidarla es aprender a cuidar nuestra propia luz.

Observar: La Llave que Disuelve la Sombra

Sabiendo que somos uno solo, entendemos que cada interacción es una oportunidad de crecer, de ir creando esa sensibilidad y esa sabiduría de saber cuándo ceder, dar o poner límites. Pero ese saber no viene de la mente analítica, sino de la intuición sentida plenamente. En la aceptación agradeces, fluyes y dejas de juzgarte, y entonces, simplemente, amas. Porque no puedes amar al mundo si primero no te amas a ti misma, y para que eso ocurra, no puedes seguir dividiéndote a través del juicio.

A veces se habla mucho del subconsciente, y nos preguntamos si es necesaria una hipnosis para curarlo. Entiendo que en algunos casos sea una herramienta útil, pero para mí, la observación es la llave maestra. Es un estar atento a lo que sientes y piensas en el ahora. ¿Pero qué es lo que observamos realmente?. ¿Observamos lo que llaman "sombra", aquello que no queremos mirar?. ¿Es necesario traer mentalmente el pasado para poder sanar?.

La sombra hay que soltarla, porque en el presente absoluto, la sombra no tiene realidad; no hay sombra si estás en presencia. Si viene una emoción disparada por un recuerdo, eso es lo que debes observar en ese preciso instante. En la palabra "sanar" a veces hay implícito el juicio de que algo está "enfermo" dentro de ti. El lenguaje y las etiquetas pueden ser una trampa que nos devuelve al portal del juicio.

La Perfección de lo que Es

Observar de verdad es un portal hacia lo que podemos disfrutar con los sentidos y hacia aquello que nos asusta mirar, pero que debe ser sentido con intensidad, sin buscar razones. Observar implica también mirar con alegría nuestras interacciones personales. Cada molestia y cada júbilo en nuestras relaciones es una fuente de autoconocimiento. Pero no vistas como un "espejo" donde juzgamos qué está mal en nosotros, sino como una observación pura y sin juicios.

Cuando huyo de mis interacciones, ¿acaso no asumo el rol de víctima?. No se trata de buscar experiencias que nos dañen, sino de mirar la situación desde otro ángulo y reconocer cuándo nos hemos colocado en ese lugar de victimismo. Observar no requiere palabras, ni pensamientos; es simplemente estar allí, desde la ligereza y el fluir.

En ese acto de observar surge la compasión y, bajo todas esas emanaciones, siempre está el amor. No hace falta escarbar en el subconsciente de forma analítica, porque a veces es la propia mente la que guía ese proceso para seguir controlando. El sentimiento se mostrará por sí solo. No hay un solo camino; todos los caminos que te llevan a la Presencia son correctos.

Observa tu cuerpo, lo que piensas y lo que sientes. Hazlo sin poner palabras, como cuando eras niño y te perdías observando algo hasta perder la noción del tiempo. En esa observación plena, todo sana, porque no hay pasado que reparar ni expectativas que cumplir. Todo es perfecto tal y como es. No hay que buscar la iluminación, ni el Samadi, ni las Maestrías. Eres perfecta como eres hoy, en absoluta presencia.

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